Guillermo del Madroñal

Rosa Campos / Soy de Cieza
EN EL VIVIR

Dialogar con Joaquín Gómez Camacho (11/10/1923), al que todos conocemos como Guillermo del Madroñal, era una de mis asignaturas pendientes desde hace años. La penúltima tarde de agosto decidí acercarme a su casa, y aunque mi intención era pedirle una cita para una futura entrevista no fue necesario, ya que se desarrolló en el momento, sobre la marcha. Me dijo: «Y yo, que soy un hombre humilde, sin estudios de ninguna clase, qué te puedo decir», y tras estas palabras continuamos haciendo un recorrido por un buen tramo de lo que ha vivido.

 Posee una memoria larga y ancha, lo noto al mismo entablar la conversación. Sabe relatar, contar historias, incentivando el interés de quien tiene a la escucha. Se percibe pronto que es un transmisor nato de literatura oral, demostrando además una visión fotográfica, o más bien cinematográfica, de las cosas, porque describe los actos con sus movimientos, sus sonidos, sus tonalidades... Salpica sus historias de anécdotas curiosas y, cuando cabe, las lustra con un buen sentido de humor.

El escritor

Ha publicado trabajos en la revista TrasCieza y en el periódico El Mirador. En 1994, el nº 1 de la Revista Murciana de Antropología (la podemos encontrar digitalizada en digitum.um.es y en dialnet.unirioja.net), incluye su texto "Mozos y Labradores". Tiene además un libro publicado, El madroñero y la piedra del gallo (2005), que va por la segunda edición y que considero de lectura obligada para quien guste de la intrahistoria rural desde las primeras décadas hasta buena parte de la segunda mitad del siglo XX en Cieza, y por ende de muchos lugares en ese tiempo, porque la similitud del vivir en la gente de los pueblos con semejanza en clima, geografía y política suele darse. De este libro comenta que acaba de enviarle un ejemplar a Emiliano Cantó Pérez, un amigo de la mili que vive en Toulousse, porque el volumen que tenía se lo ha regalado a un familiar que tiene en Argentina y que se lo había pedido.

En la preparación para la edición de este texto, y de todos los que publica, contó con la ayuda de su hijo Joaquín, también escritor. Como en él tocaba asuntos eclesiales, fiel a su filosofía de buscar entendimiento antes que confrontación, le llevó el libro ya terminado al cura parroquial para que lo leyera antes de ir a la imprenta, por si tenía algo que objetar o censurar de las cosas que decía sobre la Iglesia que se lo dijera para buscar solución, «pero el cura no dijo nada ¿y sabes por qué?, porque es verdad todo lo que ahí digo», aclara.

Actualmente va sumando nuevos relatos escritos, suficientes como para publicar otro libro.

Vivencias

Su longevidad y su salud le permiten acumular y extraer enseñanzas de lo que su memoria almacena y las cuenta con ese ánimo divertido que mantienen quienes no han dejado apartado a su niño interior. Dice: «Tendría unos 7 años cuando vimos por los aires que la II República venía, se trataba de un globo con un rotulo que pudimos ver más de cerca gracias a que un forestar se acercó por allí con unos prismáticos y se los pedimos, el rótulo decía: "Para la Republica Española, Niceto Alcalá-Zamora"».

Aprendió a labrar con su padre que lo dejaba solo con la mula, «como al principio no me salían derechos los surcos me decía: "No te apures que ya aprenderás a hacerlos derechos. Date cuenta que hasta el hombre más listo del pueblo tuvo que aprender primero las cinco letras vocales, para pasar a las siguientes". Me gustaba mucho leer y a mi padre también, él fue quien me enseñó. En la guerra había una revista antirreligiosa, anárquica, que se llamaba La Traca, me la dio un leñador que le decíamos Juan "El Renegao", me acuerdo del apodo porque leía unas novelas que tenía mi padre de Diego Corrientes, y al personaje que hacía de compañero también le decían "El Renegao". La Traca valía 30 céntimos y hablaba de una Rusia inquietante, la de los zares. Cuando Franco empezó a gobernar, quien tenía una de estas revistas tenía que quemarla. Fíjate que entonces había gente que echaba pestes cuando veía una hoz y un martillo, y no se daban cuenta de que la hoz probablemente era el dibujo que representaba a los cereales (piensa que Ucrania era el mayor granero de Rusia, con dos cosechas en el mismo año), y el martillo representaría a la industria. Sin embargo y aunque te cuente todo esto quiero decirte que yo soy ateo de la política, mi política es trabajar, obedecer y respetar, que fue lo que me enseñó mi padre. Siempre fui muy tímido y discreto en ese aspecto, y me dio resultado».

Lo que le supuso incorporarse a filas

Parece ser, según estudios recientes, que la eficacia mayor y mejor que tuvo el Servicio Militar, fue la de movilizar a los jóvenes de su localidad, llegando a ser como una especie de beca para ampliarles horizontes en otras realidades, independizándolos del entorno y de la familia, quizás por eso para Guillermo, como para tantos hombres que la hicieron, los años de mili son una fuente de vibrantes experiencias y anécdotas. Aunque dice, con ironía, refiriéndose a las tareas que proponían tras el reclutamiento, que «voluntario en la mili ni a comer. Allí te decían que el café era con leche, pero la vaca se había muerto y el café era viudo. Y cuando veíamos según que caras de los superiores pensábamos "se está rifando una `guantá´ y llevo todos los números"».

En cuanto a la comunicación postal cuenta que «las primeras cartas que mandé a mis padres y a mi novia no sé cómo pudieron descifrarlas. Cuando vine de la mili aprendí a escribir. Soy de la quinta del 44, hice dos años y medio de mili, en el 16 Regimiento de Artillería. Primero estuve en Paterna, y después de jurar bandera pasé a Castellón de la Plana, donde estuvimos 8 meses, de allí recuerdo que la Calle de Enmedio era una de las importantes de la ciudad, y que el Paseo de Ribalta era precioso. También me acuerdo del puerto del Grau, y de que cerca del destacamento donde estábamos , en la carretera de Burriana, se hallaba la fábrica de zapatos Segarra, de donde salían todas las botas para los militares. Para hacer todo este recorrido tomábamos un tren que se llamaba "La Panderola", que unas veces iba rápido y otras muy despacio, y de una canción sobre este tren que se cantaba toda en valenciano, pero que los soldados cantábamos así: "De Castellón a Almazora/ va un tren que vola, vola/ y por esto le diuen/ xim pum, xim pum,/ La Panderola".

Después nos fuimos a Monzón del Cinca , llamado así por que por allí pasa este río que es afluente del Ebro. Allí estuvimos 11 meses, dormíamos en un almacén del Servicio Nacional del Trigo, y pasamos mucho frío, nevaba mucho. Este pueblo tenía una industria azucarera grandísima, porque en las tierras de los pueblos cercanos se cultivaba mucha remolacha. El Castillo de Monzón era impresionante. Recuerdo que en un segundo piso de uno de los edificios del recinto habían dos piedras de molino, me extrañó que estuvieran ahí, por la dificultad que debió de tener el subirlas, pero sobre todo por cómo y quiénes las moverían, porque arriba no podían subir la bestias que eran las que hacían este trabajo.

 Cuando llegó la primavera nos fuimos a Huesca capital, donde estuvimos hasta que nos licenciamos, allí tuve la suerte de conocer un monasterio deshabitado, el de San Pedro el Viejo, donde está enterrado Ramiro II, el Monje, del que me contaron la leyenda de "la Campana de Huesca", en la que se dice que mandó degollar a gente para que aquello "sonara" en todo su reino y le obedecieran. Aquél monasterio era grandioso, estaba abierto, desmantelado, pero aún así era imponente, con pinturas que impresionaban».

A su época de soldado también pertenece algo que tenía en común con otros compañeros: «era un vocabulario de la mili adaptada al cine, a títulos de películas, por ejemplo giro era "El placer de vivir"; carne, "Un hombre de suerte"; una carta, "Sublime obsesión"; un permiso, "Horizontes perdidos"; zafarrancho, "75 minutos de angustia"; el oficial de guardia, "El enemigo público número 1"; el cantinero, "El pirata del Oeste"; el hospital, "El vagón de la muerte"; el calabozo, "Horror en el cuarto negro"; asistentes y machacantes, "Muchachos de uniforme"; aspirante a cabo, "Buscando una estrella"; capitán del cuartel, "Yo soy la ley"; el café de la mañana, "Morena Clara", ...».

La labor que no cesa

Vi, en el asiento de una silla, algo que me gustó y me hizo sonreír por el punto en común con una costumbre recicladora que también tengo: escribir en sobres ya abiertos, y en todo tipo de papel ya utilizado que tenga todavía una zona en blanco. Estaban junto al sillón donde se sentaba, y al lado un bolígrafo, todo a la mano para tomar notas de cualquier cosa que le llame la atención, de las que para un hombre observador como él siempre habrá.

Hablamos sobre la ocupación laboral que necesariamente tuvo que ponerse a buscar tras el tiempo de soldado: «Cuando vine de la mili buscaba trabajo, en la tierra, en lo que fuera. Estuve tres meses con un ingeniero y un topógrafo de la Real Compañía de Riegos de Levante, trazando una línea con 2.800 estacas numeradas, desde Almadenes hasta la subestación de Espinardo. Gonzalo Saorín, el chofer del Salto, nos llevaba y nos traía. Cuando llegamos al cementerio de Espinardo me tuve que subir a una tapia de unos 4 m. de alto, allí estuve con la mira y los prismáticos, como una estatua de Colón, hasta que mis compañeros terminaron y me hicieron una señal para que me retirara. También recuerdo de aquellos meses que un ingeniero suizo nos contó que había estado en EE UU trabajando en el mayor salto hidráulico del mundo, a unos 300 metros de altura.

 Como yo, a mi manera, sabía leer y escribir y eso no era muy corriente, cuando terminé el contrato, el jefe me dijo que me escribiría una carta de recomendación, todavía la conservo. Sé que de haber seguido buscando en esa dirección hubiese tenido un buen puesto, pero no lo hice. Cuando terminé con ellos me fui a Alicante a coger naranjas a 6 duros la jornada. Después estuve injertando almendros en Abarán, Jumilla, Cagitán y en la Sericícola de la Alberca, también en Monóvar, el dueño de esta finca era Emiliano Cánovas Cano, que era además propietario de "la Serranica", el autobús que hacía el recorrido de Cieza a Alicante haciendo paradas en todos los pueblos por donde pasaba en su recorrido.

Después me fui a la finca del Madroñal, de la que mis bisabuelos paternos fueron los primeros pobladores (éramos medieros). De mi abuelo Joaquín Guillermo heredé, aunque no de pila, su segundo nombre, con el que me llamaron desde que nací. Allí trabajé la tierra, llevaba un ganado de ovejas, tuve mulas; y cuando mi mujer se tuvo que venir con los hijos al pueblo, en el tiempo libre que tenía, puesto que en el campo no tenía ni luz , ni teléfono, ni televisión, fue cuando empecé a escribir sobre las historias que yo recordaba y otras que tuve que preguntar. También hacía pleita, como este cesto (tras enseñármelo me dijo que me lo regalaba, era pequeñísimo, hecho tan bien, con tanta habilidad y delicadeza , que me emocioné al recibirlo), eran objetos artesanales que sirvieron para ayudar en los tiempos en que la economía era muy precaria, debido a que mi mujer los vendía aquí. El esparto era muy socorrido en mi casa desde siempre. Mi madre, además de cuidar de cuatro hijos, de seis de familia en total, y de colaborar en las faenas del campo, hacía una lía que cuando la traía al pueblo para venderla, la mujer que se la compraba la reconocía, delante de todos, como el trabajo mejor hecho».

 Respecto a la afición de leer me dice: «En una revista he leído esta frase que he apuntado: "Dinero en libros, adquirir cultura. Dinero en tabaco, cavar la sepultura", y es verdad, porque el leer te puede llevar a saber tantas cosas que yo de otra manera no hubiera tenido ni idea, como lo de una raza de ovejas rusas, del Turquestán, llamadas Karakul. Esas reses las tenían no para comida o leche, porque sacrificaban a las crías recién nacidas, sino que era por la piel de su lana (astracán) que era como seda, con la que hacían los abrigos de los zares».

No es frecuente que quien ha trabajado en la agricultura, en el esparto, con medios tecnológicamente más rudimentarios que los actuales, decida escribir y lo haga por una razón que explica en su libro El Madroñero y la piedra del gallo: "entonces yo, ante la desaparición de todo esto, pensé dejar una especie de `testamento´, dicho en el buen sentido de la palabra, para que las nuevas generaciones sepan cómo se vivió en el campo en otro tiempo por parte del hombre que movió la tierra para sacar el pan". Por eso Guillermo marca una gran diferencia, la de contarnos las cosas desde el conocimiento empírico que le ha dado el vivir en ese ambiente donde la formación académica no estaba destinada para instruir y preparar a los hijos de los que trabajaban en el campo ni en otros oficios que se desarrollaban en torno a lo que daba la tierra, porque el dinero que se ganaba llegaba apenas para los gasto más básicos.

Joaquín Gómez Camacho, Guillermo, es un hombre de gran lucidez, con una noble visión de la vida y una humildad que desemboca en sabiduría. Añora a Paca, su mujer, que murió hace un año. Está muy orgulloso de su familia, cuatro hijos (Joaquín, Josefa, Teresa y José que lo atienden en todo lo que necesita), diez nietos y cuatro biznietos. Suele tener a mano frases apuntadas en papeles, unas de él y otras de lo que lee o escucha, pero donde realmente las almacena es en su enorme memoria. Continua escribiendo, leyendo, haciendo enseres de esparto... Todavía conduce su coche para ir a cuidar sus tierras, «conseguidas con el sudor de mi mujer y mío»; si no está en ellas prefiere quedarse en su casa (más de una tarde lo he visto con niños de su calle junto a él, en el umbral, hablando y riendo), en su patio, haciendo aquello que le apetece y le distrae, dentro de un silencio armonioso, porque como él bien dice «el ruido interfiere el pensamiento y el silencio lo aclara».

Blog Palabras en Imagen